T.O: Le true. Director: Jacques Becker. Nacionalidad: Francia. Año: 1960. Duración: 118’. Interpretes: Michel Constantin, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier, Marc Michel.
¿Es posible que durante toda una película estés esperando expectante a que unos presos que pueden haber matado a sangre fría se escapen de la cárcel y queden inmunes? Sí, lo es. Esto es precisamente lo que consigue Jacques Becker con “La evasión”.
Todo en la película está compuesto para que el espectador se meta de lleno en la huida. No sabemos nada de los personajes, aparte de que son cuatro más uno y que están encerrados (cuatro de ellos son una piña, el quinto es el nuevo y es del que más información tenemos). La escapada empieza desde muy al principio, y además está filmada con todo detalle (cuando empiezan a hacer el agujero en la habitación vemos un plano de unos 4 minutos de duración en el que van cambiándose entre ellos para golpear y vigilar).
Por todos estos detalles, Becker consigue que el espectador se meta en la huida, se sienta parte de ella, y solo desee que los presos consigan escapar. Igualmente hace que nos sintamos furiosos cuando el quinto preso se chiva y de esa manera rompe la ilusión que los personajes y nosotros, los espectadores, nos habíamos creado.
El quinto preso, Gaspard, se hace odiar al final de la película, igual que anteriormente llega a dar lástima. Lástima porque claramente no llega a integrarse en el grupo de presos (ya que llega el último a la celda), y porque es el único que parece verse obligado a contar el porqué de su encarcelamiento. Puede que estas razones (aparte de que el director le diga que la denuncia contra él ha sido retirada y saldrá pronto), sean las causantes del chivatazo, pero de todas maneras su actitud no se ve justificada ni por sus compañeros (que aunque sin verle como a uno de ellos han confiado en él), ni tampoco por los espectadores, tan metidos en “La evasión”.
Jacques Becker consigue con esta obra maestra que los espectadores se sientan también a punto de escapar, sienten el esfuerzo de los presos, el cansancio de los presos, y por supuesto, la desilusión de los presos al sentirse traicionados.
Garazi Rodriguez
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Fugarse de una cárcel es un tema que muchos han utilizado durante toda la historia del cine. Películas sobre fugas, sobre presos, sobre cárceles en general… inundan año tras año las pantallas. Pero, ¿alguna tiene la calidad de La Evasión? Difícil pregunta, pero más complicada es la respuesta.
Basada en un hecho real, que uno de los guionistas vivió, cuenta el intento de fuga de cinco presos franceses. El film se centra en contarnos cómo preparan el escape. No sabemos nada de los personajes, tan sólo de Gaspard. Aún así poco nos cuenta de él: cómo llegó ahí. Los personajes son meros autómatas que trabajan juntos para poder escapar, pierden su psicología en favor de la fuga.
Si tenemos que decir quién es el protagonista de la cinta, podríamos apostar por la fuga. Se le dedica más tiempo a mostrar los detalles del recorrido que trazan, que a los propios personajes. La importancia de los detalles de la huida son primordiales para Becker. Sorprende como somos capaces de memorizar el camino en los subsuelos de la instalación carcelaria. Tanto detalle podría resultar aburrido, pero no es así, mantiene la tensión dramática en todo momento, haciendo que el público también sea testigo de la fuga, y quiera huir.
Aún manteniendo el mismo plano prolongadamente mientras golpean el cemento, cuando cortan el barrote… en ningún momento tenemos la sensación de lentitud, ya que el sentimiento que persiguen los personajes se hace parte del espectador: conseguir la libertad. Los personajes se fatigan mientras cavan, y el público siente la necesidad de meterse en la pantalla y ayudarles para seguir con su plan. Es curioso cómo nos identificamos con el hecho, y no con los personajes, pero en ningún momento dejamos de lado la tensión y el suspense.
En resumen es una película de detalles. Detalles traducidos en excelentes planos, impactantes diálogos y situaciones, perfecta iluminación… Detalle también el no tener música, elemento que normalmente ayuda a mantener el ritmo narrativo, pero que no se echa en falta en ningún momento. Detalle es el trato de los carceleros y los presos, al contrario de otros films con esta temática, en ésta los carceleros respetan a los internos (la escena de los fontaneros cuando roban a los reclusos).
Probablemente ahora podamos contestar con más claridad a la pregunta del principio. ¿Alguna película sobre presos tiene la calidad de La Evasión? La respuesta sería clara: Jacques Becker hizo un gran film, difícil de superar.
Eider Rodriguez
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A veces resulta difícil, hoy en día, distinguir el buen cine del cine espectacular. El punto de inflexión parece no definirse jamás en la batalla de la oferta y la demanda: ¿Qué pide el público? Espectacularidad, y eso es lo que, por tanto, recibirá. Por eso, a menudo critican que los clásicos del cine están “pasados de moda”. Y a veces tendrán razón. Pero para silenciar esas voces, está “Evasión”.
El trabajo del director de aclamadas obras como “París, bajos fondos” (1952) o la premiada en Cannes “Antoine el Antoinette” (1947) es, sencillamente, magistral. El argumento se centra en cuatro presos que comparten habitación y que planean fugarse de la cárcel. Un joven acusado de intento de asesinato entra en su celda, por lo que deben contarle su plan y, en consecuencia, contar con él. La película muestra el proceso de preparación de la huida.
El espectador acompaña a los protagonistas durante su intento de fuga, y la fuerza de la película consiste en la ausencia casi absoluta de elipsis: Es testigo de todo lo que sucede, de cada golpe en el suelo, de cómo pasa el tiempo, despacio, pero no tediosamente, casi en tiempo real, hasta sentirse totalmente inmerso, como un preso más.
Habría mucho que decir sobre esta película si se quisiera hacerle justicia. Tal vez sea la “brutal” sencillez de la puesta en escena o la gran complejidad de los perfiles de cada protagonista, de quienes sabemos poco (exceptuando al “nuevo”) la estrategia para mantener en vilo.
La mención al tratamiento de la psicología de los personajes requiere ser completada: Al final del filme, todos juzgan a Gerard (el nuevo) por hacer lo que hacen, lo consideran, en cierto modo, falto de ética o moral. Sin embargo, y aunque no se sabe el delito que ha cometido cada uno, sí que se puede decir que son de gravedad, pues todos tienen largas condenas y, sin embargo, provocan gran empatía. Por tanto, Becker introduce al espectador en una maraña de sentimientos contrapuestos, donde “el malo” tiene fuerza y principios y “el bueno” (pues finalmente la verdad sobre Gerard sale a la luz) es débil y sin de ética.
Digna de ser recordada es la escena de los fontaneros: La actuación del guarda, a favor de los presos y en detrimento de dichos fontaneros, es inesperada, y provoca un extraño sentimiento de simpatía hacia él. De nuevo, Becker juega con la ambigüedad y manipula la moral del espectador.
Es, en definitiva, una maravilla que combina el esteticismo con el realismo de un modo único y nunca repetido en este género, repleta de frescura, sencillez y dotada de una tensión tal que deja clavado en el asiento a cualquiera.
Alejandra Sarmiento
miércoles 27 de febrero de 2008
LA EVASIÓN
viernes 22 de febrero de 2008
MÁS PODEROSO QUE LA VIDA
T.O: Bigger than life. Director: Nicholas Ray. Nacionalidad: Estados Unidos. Año: 1957. Duración: 95’. Interpretes: James Mason, Barbara Rush, Walter Matthau. Fotografía: Joseph MacDonald. Guión: Cyril Hume, Richard Maibaum.
Nicholas Ray nos acerca a una familia, más concretamente al padre y marido que a causa de una enfermedad acaba haciéndose adicto a la droga que le han recetado. La cortisona le acabará llevando a una psicosis en la que no distinguirá el bien del mal, en la que descuidará su trabajo, odiará a su esposa y querrá matar a su hijo para liberarle de acabar siendo alguien detestable para la sociedad.
Respecto al argumento, es una película previsible, en la que cualquiera puede suponer lo que pasará a continuación. Aún así, podemos encontrar una crítica a la enseñanza de derechas, “tenemos que conseguir que los niños dejen de ser infantiles ya que eso es una enfermedad”, que se ve reflejada con frases como estas en la charla que Ed Avery da a los padres de sus alumnos. Por otro lado, nos encontramos ante una duda moral ¿qué es peor morir o vivir siendo un psicópata? La familia de Ed parece tener muy claro quererle con vida (a pesar de llegar a un punto en el que se cree superior que Dios y quiere matar a su hijo), lo cual resulta inverosímil, sobre todo desde el punto de vista de su mujer, ya que la vida de su hijo también entra en juego.
A pesar de la carencia de acciones inesperadas (que hace que la película parezca mucho más larga de lo que verdaderamente es), “Bigger than life” cuenta con una puesta en escena muy bien cuidada, en la que cabe destacar como se va plasmando el estado anímico del protagonista mediante sombras y objetos (en el baño cuando está deprimido y se mira en el espejo roto, nos da a entender que el se siente roto o dividido por dentro, o cuando está con su hijo estudiando vemos como su sombra es gigante al igual que su ego en ese momento). Cabe destacar otro ejemplo más, cuando el hijo se ve sorprendido por su padre a través del espejo. La genial iluminación (en manos de Joseph MacDonald) en tonos rojizos le da un toque a la psicosis que sufre el protagonista.
“Bigger than life”, una película que se ha quedado anticuada en valores y con un final muy poco creíble, que sale adelante gracias a la buena técnica y precisión con la que fue grabada, y en la que los detalles están cuidados al milimetro.
Garazi Rodríguez
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Si la Nouvelle Vague fue primera en muchos campos inexplorados del cine, Nicholas Ray no tiene nada que envidiarle. Pionero en tratar el tema de la adicción a las drogas, es un auténtico arquitecto del plano. Una maravillosa técnica nos acompaña durante toda la película, dejándonos boquiabiertos con los recursos que utiliza. Sin olvidar la crítica que hace a la “America profunda” llena de prejuicios.
Ed Avery es un respetado padre de familia, y un reputado profesor. Las cosas se empiezan a torcer cuando le diagnostican una rara enfermedad y la única manera de seguir haciendo una vida normal es tomar cortisona, una droga en periodo de prueba. Ed buscará recuperar su vida anterior, pero la cortisona le hará alejarse de la realidad y convertirse en un psicópata.
Una duda existencial nos persigue durante toda la película: “¿Vivir un año sufriendo o vivir más tiempo drogado?”. Gracias a esta pregunta, el director consigue que el espectador se identifique con los personajes. Lo más curioso, es que no nos identificamos con el protagonista, si no con su familia, que será victima de maltrato psicológico por parte del enfermo, queriendo incluso matarles, llegando así al clímax de la narración. Lo que para el protagonista se convierte en una adicción, para su familia es una pesadilla. Ed perderá la cabeza en más de una ocasión, y es que la euforia que la cortisona le hará sentir será su perdición.
La doble personalidad del profesor es genialmente reflejada mediante los recursos más elaborados vistos hasta entonces. Porque como bien he dicho antes, Nicholas Ray era un arquitecto del plano, y cada sentimiento de los personajes es mostrado en los elementos dentro del encuadre. Los planos tienen una fuerza espectacular. Por ejemplo, el plano en el que está dándole clase a su hijo sorprende por la utilización de la sombra. Una iluminación perfecta, nos enseña la doble cara de Ed, como si fuera el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Sin olvidar tampoco el reflejo en el espejo hecho añicos, síntoma de su destrucción psicológica y la necesidad de volver a sentir la euforia tan deseada, por tanto, la necesidad de más cortisona.
Nicholas Ray cuenta una sencilla historia de amor, que se encuentra con el problema de las drogas, todo eso aderezado con una precisión en la cámara abrumadora. Aún así el film no acaba de convencer, probablemente por el final tan precipitado. Un final inverosímil y demasiado empalagoso, que no convence, y que fue escrito mientras se rodaba. Una película con tantos atractivos y presentada como la favorita de Godard, se echa a perder en los últimos cinco minutos.
Eider Rodriguez
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Ed Avery es un esposo y padre modélico, que incluso trabaja más a espaldas de su mujer para que puedan mantener su ritmo de vida. Hace meses que se ve aquejado por unos fuertes dolores que finalmente lo llevan al hospital. Allí le diagnostican una rara enfermedad y pocas expectativas, y le ofrecen una solución: Un tratamiento con cortisona, una droga experimental. Lo que en un principio parece una recuperación maravillosa, los efectos secundarios pronto comienzan a dejarse ver y un nuevo y peligroso Ed Avery entra en escena.
El director de la exitosa “Johnny Guitar” (1954) o la conocida “Rebelde sin causa” (1955) se convirtió con esta película en uno de los primeros en abordar la temática de la droga. Asimismo trata el tema de la educación, dando mucho más crédito a los métodos didácticos sociales e integradores que a los dictatoriales y represores: Esto lo muestra claramente en la conversión paulatina del profesor Ed Avery en una especie de Mister Hyde que realiza un estremecedor discurso, ante unos escandalizados padres, sobre la necesidad de cambiar los métodos y ser más estrictos con los alumnos.
En cuanto a la factura del filme, hay dos elementos particularmente destacables: La contención y sobriedad y la fantástica fotografía. El primero de ellos se hace del todo visible con el papel del protagonista y, dicho sea de paso, también productor de esta película. En cuanto al segundo, es de agradecer que esta película sea en blanco y negro, pues el efecto de la combinación de las luces y sombras es estremecedor en escenas como la reprimenda del padre al hijo en la habitación por no hacer adecuadamente una operación.
James Mason ofrece una lección magistral de elegancia: No hay elementos exagerados en su actuación, en todo momento está “en su sitio”. Sin embargo, y aunque esta opinión chocará con la de muchos, el papel de la esposa me parece que resta credibilidad a la cinta; si bien puede destacarse la veracidad general de los personajes, las reacciones de la esposa, su aguante o el peligro al que expone a su hijo quedándose en la casa, no parecen actos humanos.
Además, y este es el fallo mayor de la película, el final carece por completo de verosimilitud y es excesivamente precipitado. Tras la tensión palpable a lo largo del planteamiento y el desarrollo, lo fácil que resultaba dar crédito a todo lo que sucedía, de pronto un final como este se podría decir que estropea lo demás, aunque hay finales para todos los gustos…
Así, cabría decir a modo de resumen que es una buena película con una gran idea de base, bien llevada e interesante, y que gustará a todo aquél interesado en las intrigas de la psique humana, pero cuyo, tal vez, mayor problema, sea el de tener un final que, para llevar el ritmo del resto del filme, debería haberse presentado de una forma mucho más atinada.
Alejandra Sarmiento
PICKPOCKET
Dirección: Robert Bresson; Guión: Robert Bresson; Producción: Agnès Delahaie; Música: Jean-Baptiste Lully; Fotografía: Léonce-Henri Burel; Reparto: Martin LaSalle, Marika Green, Dolly Scal, Pierre Leymarie, Kassagi, Pierre Étaix, César Gattegno; Año: 1959; Duración: 75 mins.
¿Nos hemos puesto alguna vez en la piel de un ladrón? Robert Bresson consigue convertir a un culpable de robo, en víctima de su propia pasión. Culpable y víctima en un mismo personaje sin expresión, en un cuerpo vacio de sentimientos hasta que conoce el amor. La perfecta combinación de técnica e ideología Jansenista hacen que sea un film paralelo a los nuevos movimientos que se extendían por Europa.
Un autista moral (Michel) nos guía por el oscuro mundo del carterismo. Si al principio era un torpe ladronzuelo, gracias al entrenamiento de su “socio”, será un astuto mangante. Más tarde, intentará ser un hombre honrado para ayudar a Jeanne, pero mientras esté en la calle será preso de su pasión: el hurto. La libertad la conseguirá en la cárcel, y se entregará al amor.
Conseguir la libertad en la cárcel, es una contradicción con la que se quiere expresar el viaje del alma. Un viaje que el espectador hace con recelo, debido al estilo abstracto del director. Es un estilo austero, diferente al que el público está acostumbrado a ver, pero a su vez, tiene grandes virtudes y precisión en cuanto a técnica se refiere.
Una de las grandes características de Bresson es la desdramatización de situaciones tan tensas como la muerte de una madre. Pero aun sumándole la falta de emociones de unos personajes estériles, la historia se convierte en un drama para el espectador, que ansía que Michel se libere de esa pasión y se tiré a los brazos de Jeanne.
Otro rasgo de este director tan singular y tan aferrado a la ideología Jansenista, es la utilización del sonido como elemento puramente dramático. No buscaba el realismo mediante el sonido, ni tampoco mediante la imagen, tan sólo inyecta pedazos de dramatismo en esta historia tan aséptica. El sonido real y la música son elementos que usa en momentos precisos y perfectamente estudiados, encogiéndole el corazón hasta al espectador más exigente.
La forma de rodar de Bresson (al igual que Dreyer, en su estilo) está perfectamente justificada con la narración. Probablemente esta historia rodada de otra manera no sería igual de verosímil de lo que es. A lo anteriormente dicho, hay que sumarle el tempo lento de todo el film. Ritmo que nos transmite la serenidad con la que el ladrón lleva a cabo su “trabajo”.
A pesar de ser una película de culto y muy recomendable, también hay que aconsejar verla en momentos de felicidad, ya que su dureza es implacable. Aun así estamos ante una maravillosa descripción de dos almas que sólo consiguen reunirse al final: “Que camino he tenido que recorrer para llegar hasta ti”. Todo ello aderezado con un estilo verdaderamente personal y genial, que hacen que el público se estremezca en ciertos momentos.
Eider Rodriguez
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“Qué camino más extraño me ha llevado hasta ti”. Con esta frase que le dice Michel a Jeanne con las rejas entre ellos dos concluye la película Pickpocket. A pesar de las rejas que separan a Michel de su amada, por fin siente que su alma es libre, cuando su cuerpo está encarcelado. Y es que en la religión cristiana (seguida por Bresson, más exactamente el jansenismo), se ve al cuerpo como la cárcel del alma. La película nos cuenta el camino que realiza el alma de Michel para llegar a ser pura y liberarse.
Michel busca un camino en la vida, su camino, y cree encontrarlo haciéndose carterista, lo cual le da emoción a su vida. Su profesión hace que la policía le persiga hasta encarcelarlo y solo en ese momento consigue liberar su alma, al sentir el cariño y el apoyo de Jeanne (una relación que parece imposible teniendo en cuenta los barrotes que los separan). Las dos almas (la de Michel y la de Jeanne), solitarias y perdidas se unen en ese momento, y Bresson nos deja claro desde el principio del film que quizá nunca se hubieran juntado de no ser por el camino elegido por Michel.
Los actores de Pickpocket eran personas de la calle que Bresson eligió para interpretar a sus personajes. Son personajes sin expresividad, están en la película como modelos que realizan las acciones necesarias para dar el mensaje que quiere el director, y dicen con palabras lo que solo con la imagen no se puede mostrar. Bresson los utiliza como meros objetos al servicio de la historia y de la forma.
Cabe resaltar que en toda la película casi no escuchamos música, lo que es una característica muy utilizada por el director. La música solo se utiliza en los momentos en los que es realmente necesaria, si no sobra, porque entorpecería el seguimiento del espectador sobre el mensaje que nos da la película.
Pickpocket es, sin duda, la gran obra maestra de Robert Bresson, dirigida con todo su estilo y sin entrar en detalles muy profundos en la historia. Pickpocket nos cuenta lo justo y necesario para entender el mensaje espiritual que Bresson quería darnos, y es por esa razón por la que brilla con luz propia.
Garazi Rodríguez
LOS SOBORNADOS

T.O: The big heat. Director: Fritz Lang. Año: 1953. Nacionalidad: Estados Unidos. Duración: 89’. Intérpretes: Glenn Ford, Gloria Grahame, Lee Marvin, Jeannette Nolan.
En una época en la que la sociedad estadounidense estaba más dividida que nunca (a favor de MacCarthy o en contra de él), y es que en Estados Unidos, muchos apoyaban la caza de brujas que llevó a cabo MacCarthy, mientras que otros muchos aún no estando de acuerdo con él, vendieron a sus colegas para salvar su buen nombre. Es decir, había gente corrupta y gente que por no estarlo acabó pagando.
Fritz Lang representó en Los Sobornados una crítica a esa sociedad corrupta. Una sociedad en la que hasta la policía está corrompida. Es también un policía precisamente la representación de los no corrompidos, al que echan del cuerpo por no estarlo. Esto y sobre todo la muerte de su mujer a mano de los líderes de la ciudad lleva a Bannion a vengarse. Su sed de venganza acabará descubriendo toda la lista de personas corruptas de la ciudad, con la ayuda de Gloria Grahame que interpreta a Debby, la guapa novia de Vince Stone (Lee Marvin), que vive y muere pensando en su belleza.
En la sociedad que nos presenta Los Sobornados hay malos, pero los buenos que hay también tienen la maldad metida en el cuerpo. Bannion, que representaría al bueno, no es tan bueno ya que lo que le mueve a desenmascarar la corrupción es la venganza, pero aún así sabemos que hay una pequeña línea que lo separa de Vince Stone o Lagana, ya que tiene la opción de matar a la señora Duncan e incluso a uno de los asesinos de su mujer (Lee Marvin), pero finalmente hay algo que lo frena. En boca de Debby ya lo escuchamos “Si la hubieras matado no habría diferencia entre Vince Stone y tú”.
Esta película de cine negro fue la gran obra maestra de Lang, no solo por la historia y los personajes que están muy definidos en Los Sobornados gracias al buen guión que les pone las palabras en sus bocas, también por la planificación de los planos (es una película muy violenta, pero a pesar de ello, la violencia casi nunca está plasmada dentro de plano, casi siempre aparece fuera de campo). Con todo ello Lang nos demostró una vez más que hace buen cine era lo suyo.
Garazi Rodriguez
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Un vaquero de cine negro
El film noir no sería lo mismo sin las películas de Fritz Lang. La caza de brujas a la que McCarthy expuso a toda la sociedad hizo que este género brotará con más fuerza que nunca. Media ciudad era perseguida y la otra mitad era delatora. La sociedad estaba corrompida, y Lang fue el primero que nos enseñó la bajeza más absoluta de la época. Bajeza de la que altos cargos eran protagonistas, al igual que muchas instituciones públicas.
El sargento Bannion (Glenn Ford) es un hombre honrado que va a investigar el suicidio de un alto cargo de la policía. Bannion no encontrará respuesta al suicidio, hasta que la amante del difunto habla con él y aparece muerta al día siguiente. Las sospechas del sargento irán en aumento, y él mismo se verá involucrado en una trama de corrupción a gran escala que acabará con la vida de su esposa. Las respuestas a todas sus preguntas aparecerán de la mano de Debby (Gloria Grahame), que le ayudará a acabar con los corruptos.
El personaje víctima de una conspiración está presente en muchas películas de Lang. En este caso la conspiración hace que el personaje sufra un trauma por la pérdida de su esposa, trauma que recuerda al que vivía Ethan Edwards (John Wayne) en “Centauros del Desierto” (aun tratándose de otro género como el westerm). El trauma de ambos personajes, marcan su psicología durante el film. La dualidad será protagonista del carácter del vaquero y del policía, la delgada línea entre bien y el mal en el oeste, y lo legal e ilegal en la ciudad, se verán traspasadas en varias ocasiones. El trauma de Bannion se convertirá en venganza e intentará tomarse la justicia por su mano, aun estando fuera del cuerpo policial.
Justicia que conseguiría matando a quien asesinó a su mujer, pero la línea que parece que va cruzar nunca será pisada por el honrado policía. Será Debby, la novia de uno de los malechores, quien dará un salto cualitativo y tras pertenecer a la banda de corruptos, pasará al lado del policía, en el cual, ella se encargará de hacer el trabajo sucio matando a la señora Duncan y destapando toda la trama. Esta femme fatale será protagonista de una famosa escena, cuando Stone le tira café hirviendo a la cara, destrozando la belleza por y para la que vivía.
La precisión, su mejor aliada. Fritz Lang es un maestro del suspense, al igual que Hitchcock. La tremenda precisión en la parte técnica que todas sus películas presentan, deja sin palabras a cualquiera que sea público de las mismas. Con cada plano nos enseña y oculta justamente lo que es necesario. Gracias a eso, mantiene el suspense durante todo el metraje, dejando al espectador sin aliento en más de una ocasión. Aún descubriendo la trama en mitad del film, consigue que nos enganchemos, y que cada vez que el protagonista está en apuros, suframos con él. Nos hace testigos de todas las andanzas de Bannion, consiguiendo una identificación absoluta con la postura vengativa e individualista del sargento.
Tan sólo hay dos aspectos que no acaban de convencer: lo previsible que resulta el guión en ciertas ocasiones (por ejemplo, cuando la mujer de Bañón muere), y el uso de muchos de los tópicos del cine negro (las corruptas instituciones, la femme fatale y el héroe que se enfrenta contra el mal a pecho descubierto pero siempre sale airoso).
Insignificantes detalles si comparamos con todas las virtudes que el film posee. Lang consigue crear una atmósfera que nos envuelve constantemente y hace que nos traslademos mentalmente a los años de la caza de brujas. Otro dato importante que no debemos obviar es la violencia que esconde este relato, violencia que muestra tan sólo al final. Durante la mayoría de la película usa elipsis o sutiles movimientos de cámara, para alejarnos del hecho violento en sí. Un claro ejemplo de esto, es cuando Stone le tira café hirviendo a Debby. Al igual que en M, el vampiro de Dusseldorf las escenas violentas las elimina no enseñándonoslas, pero sabemos que es lo que está pasando gracias al sonido.
Un film de obligada visión que no dejará indiferente a nadie que lo vea. Con un ritmo trepidante y unas grandes interpretaciones, todo ello perfectamente combinado con la más exquisita técnica y forma a la hora de expresar con la cámara.
Eider Rodriguez

