Director: Jean-Luc Godard; Guión: Jean-Luc Godard sobre un argumento de François Truffaut; Fotografía: Raoul Coutard; Música: Martial Solal (y W.A. Mozart); Montaje: Cécile Décugis; Sonido: Jacques Maumont; Producción: Georges de Beauregard; Reparto: Jean-Paul Belmondo (Michel Poiccard, alias Laszlo Kovacs), Jean Seberg (Patricia Franchini), Daniel Boulanger (Inspector Vital), Henri-Jacques Huet (Antonio Berrutti), Claude Mansart, Michel Favre, Jean-Pierre Melville, Jean Domarchi, Richard Balducci, Roger Hanin, Van Doude,André-S. Labarthe, François Mourel, Liliane Robin, Jean-Luc Godard. Año: 1959.
“¿Qué significa asquerosa?”, una última pregunta llena de dramatismo cierra esta maravillosa ópera prima de la Nouvelle Vague. A través de esta frase intuimos la incomunicación entre los personajes, que se contrapone con diálogos casuales y verborreicos, llenos y vacíos de significado a su vez. El miedo a querer y las ansias de escapar con la persona amada, luchan durante todo el film, acabando con la muerte más amarga, y también dulce, jamás imaginada.
Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) es un ladrón de coches de poca monta que se dirige a París en busca de Patricia (Jean Seberg) y de un dinero que le deben, para llevárselos a Roma. Tras robar un coche, de camino a París, matará a un agente de tráfico. Escapar de la orden de busca y captura, las dudas de Patricia y la imposibilidad de encontrar el dinero, se vuelven los principales problemas de Michel. Todos estos ingredientes están perfectamente aliñados con suspense, traición y una última persecución, que harán sufrir al público más exigente. Si bien el guión es un punto a favor de esta película, qué decir de la técnica.
Es por todos sabido, que la Nouvelle Vague rompió de forma espectacular con el sistema de representación institucional, que hasta entonces el cine americano había impuesto. El cine pasó de ser un frívolo espectáculo de masas, a una sutil obra de arte. Se empezaban a reflejar las miserias de la sociedad después de la II. Guerra Mundial (el Neorrealismo Italiano), y a introducir la vida cotidiana en la narración. Así Godard dijo: "Yo improviso, sin duda, pero con materiales que poseo desde hace tiempo. Durante años se reúnen cantidades de cosas y de pronto se las introduce en lo que se está haciendo".
Esta película de cine negro es completamente diferente a las de la época, debido al modo en el que está rodada. El montaje, fragmentado y frenético, le dan una frescura e intriga importantísima. Los planos recursos están llenos de simbolismo y dramatismo, no son simples planos estáticos de objetos sin vida. La cámara en mano se convierte en un elemento básico, tanto siguiendo a los personajes, como persiguiéndolos. La cámara somos nosotros: quienes perseguimos al personaje, a quien nos mira fijamente, los testigos de una sentida historia de amor que no cuajará y acabará con la muerte.
París es retratada de una manera impersonal. Es una París sin Torre Eiffel, con Los Campos Eliseos incompletos y en planos cerrados. Un guiño al cine americano que Godard no quiso desaprovechar, americanizando una ciudad tan Europea como lo es la capital francesa.
Las grandes cualidades mencionadas, son solo pequeños detalles de una magnífica película, que no deja indiferente a nadie. Sobre todo en ese angustioso final, en el que todos odiamos a Patricia, la respiración se corta intentando darle el último aliento a Michel para que pueda escapar. Una escapada que es frustrada por las dudas de la chica, que realmente ¿está enamorada de Michel? Las dudas de Patricia acaban siendo las dudas de los propios espectadores.
Eider Rodriguez
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“Yo hablaba de mí y tú, de ti, debería haber hablado de ti y tú de mí” le dice Michel a Patricia justo después de enterarse de que ésta le ha entregado a la policia. À bout de soufflé no es solo una historia policíaca, también es la historia de amor que viven Jean Seberg y Jean Paul Belmondo mientras él es perseguido constantemente por la policía.
Aparte de la persecución, les une y les separa la incomunicación. La incomunicación que tienen los dos con el resto del mundo les une (él está siempre de aquí para allá, pero solo le interesan las noticias de su círculo, y ella a pesar de ser periodista no acaba de encontrar su sitio en un mundo en el que “no sabe si está triste porque no es libre, o no es libre porque está triste”). Pero la misma incomunicación que los une, también los separa, mientras ella habla de literatura, él habla de sexo, cuando él habla mucho ella no comprende todas sus palabras y además como ya he citado al principio, Michel habla de sí mismo, y Patricia de sí misma.
Todo esto les lleva a que incluso al final de su relación (cuando Michel está en el suelo y muere) la incomprensión entre ambos sigue ahí. Patricia no llorará la muerte de Michel, se limitará a preguntar qué significa lo ñultimo que él le dice (asquerosa). Y es que es ella quién le entrega a la policía para demostrarse a sí misma que no le quiere y para que él huya. Pero él no huye y ella le persigue por la carretera hasta que cae muerta en ese travelling que sigue a Belmondo por detrás y a Seberg por delante.
El montaje (que surgió así casualmente porque la película duraba mucho), lleno de cortes, saltos de raccord y del eje, le da mucha vida a esta historia que aunque tiene un argumento simple nos cautiva con sus dialogos, su forma y todos los pequeños homenajes que le dedica al cine: Bogart, monograms pictures, Jean-Pierre Melvilla que es el escritor que entrevista Patricia, el cual nos da una pista sobre lo que nos cuenta la película cuando dice “La vida moderna separa cada vez más al hombre y a la mujer”, incluso Godard se nos muestra delante de la cámara interpretando al hombre que delata a Michel.
À bout de soufflé, una película de cine negro, donde el malo es también el bueno, la buena es también la mala, y que a pesar de los años que han pasado sigue impresionando ver que Godard consiguió (con la colaboración de sus compañeros de Cahiers du cinema) hacer una película inmortal a todos los tiempos.
Garazi Rodríguez
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Belmondo interpreta a un ladronzuelo, admirador de Bogart, que roba un coche, tras lo cual mata fortuitamente al policía que lo persigue, por lo que huye hacia París. Una vez allí, y tras robar dinero a una “amiga”, acude al encuentro de Patricia, una joven americana de la que está enamorado. La historia gira en torno a estos dos personajes y a la persecución a la que Michel (Belmondo) es sometido.
Nos encontramos ante el filme considerado no como el primero, aunque sí el pilar, en el despertar de la corriente “Nouvelle Bague”, de la cual Godart sería uno de los máximos representantes. Es este hecho precisamente el que me lleva a considerar como positiva la novedosa experiencia por el “descuidado cuidado” con el que fue rodada, aunque como película, como unidad, y no como inicio, tenga menos valor.
Así, aunque no estemos ante una obra maestra, esta película aporta un punto de vista metanarrativo: Godart, a través de sus curiosos personajes, imitadores conscientemente baratos del cine negro, trata de mostrar en la pantalla los trucos, las características esenciales y nuevas de la nueva corriente.
Con un ritmo trepidante, acentuado por la ruptura de los raccords, Godart, ofrece, como ya he mencionado, las pautas esenciales de esta corriente francesa: Tal vez el ejemplo más claro sea el uso de la cámara en mano, totalmente novedoso por entonces, o el uso de interiores y exteriores naturales, lo que, entre otras cosas, abarataba mucho los costes de producción.
Recordada y valorada es la escena final en la que perseguimos a Michel (Belmondo) mediante un largo y agonizante travelling en mano, así como también son destacables los planos-secuencia que aportan el toque de continuidad en contraste con la ruptura de la misma en el resto del filme.
Como ya he adelantado, no creo que se pueda considerar una gran película ni por factura, ni por su argumento (aunque la elección de Jean Seberg como la actriz protagonista, que con su belleza y carisma “se come” la pantalla, es un gran punto a favor). Este filme provoca a menudo contrastadas opiniones, ya que mientras muchos ven más allá del mismo, en tiempo y repercusión, otros consideran que está sobrevalorada y que la “Nouvelle Vague” ofreció obras muchísimo mejores: Probablemente, o seguramente, ambos argumentos sean acertados o, lo que es más, complementarios.
De modo que, como conclusión, decir que Godart creó una de las películas más emblemáticas de su carrera y la más significativa de la “Nouvelle Vague”, no por su calidad, sino por su novedad, su manera de rodar y lo que significó.
Alejandra Sarmiento
viernes 25 de enero de 2008
AL FINAL DE LA ESCAPADA
EL COCHECITO

Esta película, que está considerada como una de las obras maestras del cine español, fue dirigida por Marco Ferreri y escrita por Rafael Azcona (fue el tercer largometraje de Ferreri dirigido en España, y también el útlimo, ya que se le caducó el visado y no se lo volvieron a renovar). Jose Isbert (Pepe Isbert) protagonizó “El cochecito”, que también cuenta con secundarios como Jose Luis López Vazquez.
En Europa el cine avanzaba a pasos agigantados al ritmo de nuevos estilos, mientras que en España, debido a la fuerte censura que se vivía, los cineastas tenían que contentarse con poder rodar una película parecida a la primera versión escrita. A pesar de todo ello, de cuando en cuando se colaban películas con críticas sociales como “El cochecito”, que gracias a ese toque de humor pasó inadvertida por la censura franquista.
La integración en una sociedad individualista y egoísta es el tema a tratar en “El cochecito”. Don Anselmo (Pepe Isbert), un hombre de unos 70 años, es el estorbo principal en su casa, donde tanto su hijo, su nuera o su nieta, intentan constantemente que no les moleste. Sus amigos (todos minusválidos) tienen un cochecito, que es la causa principal por la que Don Anselmo se siente marginado. De esta manera se encaprichará con el cochecito, y al ver que en casa no le hacen caso llegará incluso a vender las joyas de su mujer para comprárselo.
La película nos sorprende con una sociedad en la que cada cual está por encima del resto, el minusválido que siempre a aceptado compañía, consigue su cochecito y se desentiende de su amigo, el hijo no tiene tiempo para su padre… Una sociedad individualista al fin y al cabo en la que el materialismo está a la orden del día y todo el mundo quiere tener más que su vecino.
La despreocupación con la que se trata a al anciano en su familia y el egoísmo de la sociedad llevadas al extremo, están salpicadas con humor en “El cochecito”, incluso la iglesia entra dentro de esta caricatura, ya que aparecen constantemente crucifijos, y en una secuencia incluso vemos a un cura pasando por detrás de un minusválido sin hacerle el menos caso, a pesar de estar lloviendo a cantaros, demostrando así que ni ellos se libran del egoísmo individualista.
En una película en la que ni la iglesia se libra de la crítica social, no es difícil imaginar que ideales había por detrás. Unos ideales que debido a los tiempos que corrían tenían que verse bien escondidos en películas que a la vista hablaban de cochecitos, atropellos o incluso visitas américanas. La censura era difícil de burlar, y por ellos nuestros cineastas tuvieron que buscar las formas más ingeniosas de sobrepasarla, eso sí dejándonos muchas obras maestras.
Garazi Rodriguez
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“Don Anselmo solo quería un cochecito para estar con sus amigos…”. Así se nos presenta a Anselmo, un anciano que, a pesar de encontrarse más o menos en forma para su edad, se siente excluido y abandonado porque todos sus amigos tienen “cochecito” para desplazarse y hacer planes, de modo que tratará de hacer todo lo que esté en su mano para conseguir uno.
Basada en el relato Paralítico de Rafael Azcona, nominada al León de Oro y con el premio de la crítica en el Festival de Venecia, esta película se estrena bajo el amparo del neorrealismo y en pleno franquismo, lo cual puede resultar sorprendente dado que presenta una España en cierto modo austera y cruel, algo poco común en aquella época, debido a la censura.
Aunque se presente como comedia (pues ciertamente es una comedia negra), y pueda realmente resultar graciosa, esta película posee un trasfondo trágico y sórdido: Nos zambulle en una sociedad donde los inválidos son tratados como marginados, donde los ancianos no son venerados, sino un simple lastre para sus familias.
Por supuesto, es imprescindible mencionar el acierto con el que los personajes son perfilados (entre ellos José Isbert, el loco y entrañable protagonista, brilla como la estrella que es): Son personas reales, el espectador no puede evitar sentimientos contradictorios o encontrados hacia ellos, pues Ferreri los presenta crueles y a la vez tiernos, de actitudes despreciables y, sin embargo, a veces comprensibles.
La corriente neorrealista, como ya he mencionado con anterioridad, está presente en la película, rodada en blanco y negro y con una imagen francamente cuidada, y cuyos escenarios naturales y decorados son reflejados maravillosamente bajo la mirada fotográfica de Baena.
El acierto de Ferreri, a mi parecer, consiste en presentar los aspectos encontrados de la vida como algo natural, en hacernos entender la demencia e incluso, en determinados momentos, justificar las más terribles acciones o actitudes de todos los personajes de la España franquista, todo ello bajo un prisma cínico y certero.
A pesar de todos los aspectos destacables del filme, si hubiera de decantarme tan solamente uno, éste sería el final: Nadie puede quedar impasible, es inesperado, amargo pero divertido, y es magistral la forma en que se presenta y se resuelve la situación del esperpéntico protagonista.
Es, en definitiva, una película imprescindible para todos los que se consideren amantes del buen cine y mejores historias, con varios y merecidos premios en su haber, que no dejará indiferente, para bien o para mal, a ningún espectador.
Alejandra Sarmiento
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Mientras Europa estaba en plena ebullición cinematográfica, apostando por el realismo, España se sumergía en una profunda crisis creativa debida al peso de la censura. Marco Ferreri apostó por reflejarnos una sociedad ruin, envidiosa e individualista impregnada con gotas de humor. Así consiguió que la trama social de la película pasara inadvertida.
Gracias al estupendo guión de Rafael Azcona, Ferreri nos introduce en el Madrid de 1960 visto desde la perspectiva de Don Anselmo (Pepe Isbert), un jubilado que busca sentirse integrado en su casa, con sus amistades y en la sociedad en general. En casa tan sólo es un incordio que deambula refunfuñando y pidiendo dinero a su hijo. Dinero que se gastará con sus amigos: jubilados e inválidos. Todos y cada uno de ellos poseen un cochecito, que Anselmo deseará con todas sus fuerzas para no sentirse rechazado. El cochecito de capricho pasará a volverse una obsesión para el jubilado, que incluso venderá todas sus pertenencias para lograr el dinero que necesita.
La gran carga social que presenta esta película es tratada con sutileza y humor, atípica para aquella época. La despreocupación de los familiares por los ancianos y el egoísmo de la colectividad, son el eje de este maravilloso film. Ejes, que hoy en día, siguen estando presentes en nuestra sociedad. El individualismo de la sociedad moderna y capitalista es llevado hasta el extremo de caricaturizar un hecho tan común, que la Iglesia también encarnará (en la escena que llueve y uno de los paralíticos se queda en la acera, ni el cura que pasa por detrás le ayuda).
Esta mordaz crítica a la sociedad capitalista es fácil de entender, cuando detrás de la cámara nos encontramos con unos ideales comunistas, contrarios completamente a la sociedad establecida. El franquismo apretó fuertemente a aquellos que no se movían bajo su compás, lo que les llevó a agudizar el ingenio y dejarnos grandes obras maestras como esta. Una época realmente difícil, pero a su vez enriquecedora para el cine español, que sobrevivió gracias al sutil trato del sentido del humor tipical spanish, y es que la imagen de paleto español se extendió por América.
Eider Rodriguez

