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jueves 29 de noviembre de 2007

LOS OLVIDADOS


Título original: “Los olvidados”; Nacionalidad: México; Año: 1950; Director: Luis Buñuel; Guión: Luis Buñuel y Luis Alcoriza; Producción: Óscar Dancigers y Jaime Menasce; Fotografía: Gabriel Figueroa; Duración: 80'; Ficha artística: Stella Inda (Madre de Pedro), Miguel Inclán (el Ciego), Alfonso Mejía (Pedro), Roberto Cobo (Jaibo), Francisco Jandrina (el Director).

A comienzos de la década de 1950, Luis Buñuel parecía haber desaparecido del panorama cinematográfico: desde su exilio forzoso en México, apenas había firmado algunas obras de encargo. Por eso, cuando presentó “Los olvidados” en Cannes, la crítica se vio obligada a volver a tener en cuenta al turolense que, años atrás, había escandalizado a la burguesía con “Un perro andaluz” y “La edad de oro”.

Y es que, por encima de otras consideraciones, “Los olvidados” es una película ideada para remover la conciencia del espectador. Con este fin, Buñuel toma una historia que (como se encarga de subrayar el prólogo del film) puede darse en cualquier gran urbe del mundo: la de un grupo de jóvenes marginales luchando por sobrevivir. A partir de aquí, la narración enumera las desventuras de Pedro, un adolescente que intenta salir adelante a pesar de los malos tratos de una madre odiosa, y de Jaibo, el macarra líder de su pandilla. Cuando Pedro presencie un asesinato cometido por Jaibo, su culpabilidad le hará ir de mal en peor, mientras el delincuente tratará de seguir adelante, delito tras delito.

Así pues, esta obra bien podría enmarcarse dentro del (así llamado) “cine social”. Pero este nombre no ha de confundir a nadie: no es éste un filme de “pobres bondadosos y burgueses malvados”. Buñuel, una vez más, lucha contra los prejuicios bienpensantes: en “Los olvidados”, apenas si aparecen ciudadanos respetables; si lo hacen, su comportamiento es represor, ingenuo o execrable. El peso de los actos malvados recae sobre el lumpen de las barriadas mexicanas. Porque lo mas aterrador de esta historia es que, en ella, los desfavorecidos no lo son (sólo) porque otros los opriman: ellos mismos se ven obligados a ser aún más perversos, a romper aún más barreras morales, con el fin de llevar adelante sus miserables existencias.

Al margen de esta idea, otro de los rasgos temáticos de Buñuel es claramente reconocible: la crítica a la caridad y a las buenas intenciones burguesas. De esta forma, cuando Pedro sea internado en un campo de trabajo, el director del centro le dará dinero para demostrarle su confianza en él, desencadenando de esta forma el dramático final del film.

La estructura de “Los olvidados” está perfectamente planificada para que las tesis que plantea puedan asimilarse con facilidad. A pesar de las muy diversas historias menores (como la de la madre de Pedro, o la de “Ojitos”, que ayudan a completar el discurso), la cámara tiende a fijarse en el devenir de Pedro y Jaibo: sus comportamientos aparentemente opuestos acaban por fundirse en una sola (y desgarradora) realidad final.

La mirada implacable de Buñuel sobre el lumpen mexicano tiene una continuidad clara y magnífica en el plano estético. Toda la película está rodada en estudio, oponiéndose de base a los métodos de trabajo de otros cineastas considerados “comprometidos”. Además, la fotografía de Gabriel Figueroa aporta infinitos matices a la narración, gracias a un blanco y negro que da múltiples oportunidades para el uso de claroscuros. Pero más importante aún resulta la forma que el genio de Calanda tiene de filmar a los personajes. Estos aparecen jóvenes o ancianos, bellos o terribles, sanos o tullidos, pero siempre tal y como se han hecho a sí mismos... y si han de ser odiosos, los son. Toda una patada en el estómago del pensamiento burgués, cortesía de Luis Buñuel.

Mikel Uribe-Etxebarría

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No estamos ante un documental, tampoco ante una película basada en hechos reales. Estamos, como bien se anuncia al principio, en letras llamativas, ante un filme “basado en hechos de la vida real”. De este modo, Buñuel consigue el efecto deseado: nos sentimos más cerca de los personajes o, al menos, pensamos que, en algún lugar del mundo, las cosas son así.

Como el propio nombre de la película parece vaticinar, no es una de las más recordadas de Buñuel, director de títulos mucho más destacados como “La Edad de Oro” (1930) o “Viridiana” (1961). Aunque “El Perro Andaluz” es tal vez la muestra más clara de surrealismo en el director aragonés, lo cierto es que, incluso en este filme, que en apariencia podría pasar por documental social, ofrece dos fantásticos momentos surrealistas, los sueños de los dos protagonistas, Jaibo y Pedro.

La historia se centra en un grupo de chicos de la calle que trata de abrirse paso, y la delincuencia parece ser su única vía. Algunos, delincuentes natos, se vuelven peores, otros, de buen corazón, intentan mejorar, pero todo se pone en su contra… Es una cruda y dolorosa historia llena de pobreza, miseria e insolidaridad.
Todo gira en torno a la naturaleza ambigua del ser humano, presentada en el filme a través de personajes muy ricos. Así, con retratos como el del ciego, muestra su postura acerca de la vida, donde el pobre no es bueno por ser pobre, sino que, precisamente por serlo, ha de ser peor para poder sobrevivir. El ciego es, probablemente, el personaje más controvertido, ya que parece representar toda la inhumanidad que caracteriza a todos aquellos que consideran tiempos mejores aquellos en los que “se acaba con todos esos delincuentes”.

Asimismo, la película atrapa con su excelente fotografía, cada plano perfectamente estudiado, milimétricamente montado. En cuanto a los elementos característicos en Buñuel, véase la religión o el erotismo, son menos perceptibles, y he ahí la maestría del director: Hace alarde de un magistral uso de lo implícito, de la sugerencia, haciendo de algo aparentemente inocente algo pícaro o escandaloso. En todo momento damos por hecho sin ninguna dificultad lo que va a suceder después, como sucede tras el portazo de Jaibo.

Es digno de mención también el personaje de Ojitos, tratado en el filme como una especie de Lazarillo de Tormes, quien, al igual que éste, es un chico inicialmente inocente que comienza siendo corrompido por el ciego, y acaba en una espiral en la que a mayor degradación personal, mayor sensación de satisfacción. Aun así, nunca se pierda cariño al personaje: de nuevo se percibe la sabia mano de Buñuel.

Cierto es que también hay momentos de esperanza, de fe en la bondad humana, representadas estas percepciones en el Director del Orfanato, un hombre sabio y confiado que cree en la reformación personal. Sin embargo, al menos en la película, no somos testigos más que de un pequeño ápice resultado de sus buenas intenciones.
En definitiva, “Los Olvidados” ofrece una visión pesimista de la sociedad, sin compasión: Una maravillosa obra de un excelente y atrevido director que nos deja con un extraño y agridulce sabor de boca y algunos temas sobre los que reflexionar.

Alejandra Sarmiento