
T.O.: «La notte». Dirección: Michelangelo Antonioni. Guión: Michelangelo Antonioni, Ennio Flaiano y Tonino Guerra. Fotografía: Gianni Di Venanzo. Música: Giorgio Gaslini. Dirección artística: Dean Tavoularis. Producción: Emanuele Cassuto. Montaje: Eraldo Da Roma. Intérpretes: Marcello Mastroianni (Giovanni Pontano), Jeanne Moreau (Lidia), Monica Vitti (Valentina Gherardini), Bernhard Wicki (Tommaso Garani), Rosy Mazzacurati (Rosy), Maria Pia Luzi (Patient), Guido A. Marsan (Fanti), Vincenzo Corbella (Sr. Gherardini), Ugo Fortunati (Cesarino), Gitt Magrini (Sra. Gherardini). Duración: 122 min. Italia / Francia, 1961.
La II Guerra Mundial impone un cambio en la perspectiva que el hombre de aquel momento tiene sobre el mundo en el que vive. En el arte, y por ello también en el cine, las consecuencias de esta bofetada vital no se hacen esperar, surgiendo nuevas miradas aún con el decorado de fondo de los escombros y la devastación. Es el surgimiento de lo que se denomina ‘cine moderno’. No es casualidad que el neorrealismo sea el primer movimiento que ponga de relieve dicho cambio de actitud frente al mundo; la crudeza y fealdad de la vida son protagonistas ahora en la gran pantalla. El cine se llena de verdad.
Una de las personalidades relevantes en este movimiento marcadamente italiano es Roberto Rossellini (1906-1977). Para muchos su film Roma, ciudad abierta (Roma, città aperta, 1945) constituye el momento seminal de la modernidad en el séptimo arte, aunque puedan constituir antecedentes Obsesión (Ossessione, Luchino Visconti, 1943) o Los niños nos miran (I bambini ci guardano, Vittorio De Sica, 1943). Posteriormente, el film de Rossellini Stromboli (ídem, 1950) abre aún más la brecha en la narrativa del cine con una historia que se aleja, entre otras cosas, de los núcleos de la acción para centrarse en las catálisis, o esos momentos en los que nada ocurre. Otra cinta certera en esta línea y del mismo autor será Viaggio in Italia, de 1953 y traducida aquí con el (aterrador) título de Te querré siempre.
Discípulo de Rossellini es Michelangelo Antonioni (Ferrara, Italia, 1912). Tras dirigir una veintena de películas, Antonioni inaugura con La aventura (L'avventura, 1959) una trilogía de historias sobre la incomunicación, con una centralidad del sexo femenino en los argumentos y en las que recoge ese interés por representar el tiempo muerto, por detenerse en el instante de la espera. En 1961 aparece la segunda, La noche (La notte), y cierra en 1963 la serie con El eclipse (L’eclisse).
En La noche, el autor estensi (gentilicio de Ferrara) disecciona a la clase burguesa, encarnada por el matrimonio de Giovanni Pontano (contenido y convincente Marcello Mastroianni) y Lidia (una Jeanne Moreau a la altura) principalmente. La pareja, escritor de éxito él y aburrida de tanto laurel ella, lleva una vida repleta de eventos sociales donde se codean con gentes de altas esferas, artistas, intelectuales, ricos empresarios, etc. Y no parece extraordinario, como así les ocurre, terminar perdiéndose en ese mundo de artificiosidad donde todo está al alcance de la mano y por tanto, donde se impone el capricho. Así, en lugar de diálogo entre ambos cónyuges, percibimos innumerables ruidos; ruidos de la ciudad que sustituyen a las palabras: coches en atascos tocando el claxon, sirenas, aviones, helicópteros que cruzan el cielo porque sí…
Es esta incapacidad de comunicarse lo que parece conducir a la pareja al desamor, más expresado por Lidia (se lo confiesa literalmente a su marido, mientras éste afirma quererla aún). El desafecto se va tejiendo entre paseos, esperas, conversaciones banales, fiestas de postín y escarceos extramaritales. Pero es un desamor de la vida real, sin grandes certezas, calado de dudas y de confidencias, un desamor, en definitiva, veteado de amor. Es, sin duda, la verdadera ambigüedad de las relaciones humanas, dada la complejidad de sus protagonistas.
Todo ello está contado por Antonioni con solvencia, en secuencias por lo general de larga duración que, sin embargo, trenzan bien la narración sin dar lugar a que el espectador se pierda en ningún instante.
Se ha acusado en ocasiones al cine de Antonioni de contar historias aburridas de forma aburrida. Es verdad que La noche, como tantas otras películas del director italiano, no está en la línea de cierto cine fast food (o lo que viene a ser exactamente lo mismo, comida rápida), ejemplificado superlativamente por el sello made in Hollywood de productos en serie, al que tan acostumbrados estamos. Ante tanto consumo perezoso y tanta producción vacua, el espectador medio se ve afectado por unos bajos niveles de paciencia y voluntad crítica, que lo alejan, como mal demoníaco, de toda opción que requiera algo más de actividad cerebral. Y no hablo de El gran silencio (Die große stille, 2005) de Philip Gröning.
Así las cosas, no olvidemos que La noche, centrada en una clase social concreta, bucea por la sinuosa complejidad de la naturaleza humana, exponiendo verdades de forma sincera. Esto, claro está, carece de toda espectacularidad. Pero es que nuestras vidas, aunque ahora nos sorprenda recordarlo, está más llena de silencios, de tiempos muertos y de búsqueda, que de tórridos idilios imposibles, de frases perfectas para cada momento, de explosiones en cadena, de persecuciones por la ciudad y de ir a tiros por las esquinas. ¿O no?
Dani López


2 comentarios:
Pues estoy deacuerdo. Acabo de ver la película, es la segunda vez que lo hago, y ni la primera ni ahora me he enterado de nada. Leo críticas y veo que tienen cierta lógica. Me gusta Antonioni, nunca entiendo lo que expresa pero sus películas me atrapan y no me aburren en absoluto. Como a Valentina también me gusta el golf, el tenis, y las fiestas... Y como a Lidia no me da la cabeza para mas.
notable película, me quedo con el diálogo entre una de las anfitrionas que le dice al escritor que le gustan mucho sus novelas y él le responde: ¿de verdad las ha leído? ya vi la aventura, me falta "el eclipse" para completar la trilogía
felipe e.-
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