T.O.: “The Flame and the Arrow”; Año: 1950; Director: Jacques Tourneur; Guión: Waldo Salt; Música: Max Steiner; Fotografía: Ernest Haller; Reparto: Burt Lancaster, Virginia Mayo, Nick Cravat, Robert Douglas, Aline MacMahon, Norman Lloyd; Duración: 88 mins.
La gran aventura circense
¿Qué es lo que sucede si juntamos a dos ex-acróbatas, un gran director y una productora que quiere arrasar en taquilla? Que obtenemos esta maravillosa cinta de aventuras dirigida por Jacques Tourneur dónde Dardo será el protagonista y hará que todas acabemos suspirando por él.
Un hombre abandonado por su mujer que se ha ido con su mayor enemigo el malvado Conde Urbis (el Halcón). Un malo aun peor cuando secuestra al hijo de Dardo (Burt Lancaster), y somete al pueblo a su antojo, siempre en contra de Dardo y los suyos. La alianza de los oprimidos y la burla a la que someten al opresor nos hará vibrar en el asiento, no sin sacarnos una sonrisa de vez en cuando. También habrá tiempo para el amor, al que el héroe se dedicará yendo de flor en flor hasta dar con la horma de su zapato: la sobrina del Halcón (Virginia Mayo).
Volatines, números propios del circo, chistes y burlas son el disfraz perfecto para tratar unas ideas progresistas en una época difícil (plena Caza de Brujas).
La lucha de clases. Una lucha que acabará fundiéndose en un romance, haciendo uno al pueblo con la realeza. Una realeza un tanto dispersa, ya que en todo momento se muestra más cercana al pueblo que a su propio tío.
El abandono del hogar por parte de la mujer y la desatención en la educación de su hijo. Cosa impensable en los tiempos que la película se ambienta (1155-1190). Y además teniendo en cuenta de que se va con otro hombre, un hombre poderoso, con éxito, pero sin sentimientos.
La independencia de Lombardía y la unión del pueblo para acabar con el opresor (siempre en pro del colectivo). Todos unidos, no serán vencidos, si no que vencerán. Acabarán con el pie que ahoga sus vidas, que les pisa, que no les deja vivir en paz. Todo eso gracias a un líder indiscutible, un héroe de pueblo, un arquero carismático, un padre herido, un amante bandido.
El héroe es la máxima encarnación del bien, y el villano del mal, las flechas serán las únicas que atravesaran esta barrera. Las películas de aventuras siempre han usado estos dos polos opuestos. Dos figuras que se encontrarán en una batalla final, muy diferente a la de Robin Hood o Guillermo Tell, ya que un número circense hará de duelo y pondrá el colofón perfecto. Volatines y piruetas nos embelesarán haciendo que disfrutemos como niños, una coreografía perfectamente aliñada con humor, tensión y colorido por doquier.
El arcoíris en la pantalla
Tourneur realizó una historia sencilla, con diálogos claros y breves. Una elegancia sublime, unos trazos finísimos marcados en todos los planos con una iluminación perfecta. Iluminación que cobra un gran sentido en cuanto a la expresión de la dualidad de los personajes, sobre todo el de Virginia Mayo. Una mujer entre dos mundos, con dos caras. Las sombras nos darán la pista de que esconde algo, bien cuando intenta seducir a los bandidos, bien cuando está con su tío. Siempre con la mitad de la cara ensombrecida. Las sombras llegan a su punto más álgido en la escena que va al pueblo para decir cuáles son los planes de su tío. Es de noche, y ella se convierte en una sombra, un espectro negro que recorre las calles, una traición a su sangre que está a punto de hacerse realidad.
El color chirria en ocasiones, el technicolor le da un toque exótico pero a la vez excesivamente brillante. Los rojos son penetrantes, los verdes profundos… una gran gama cromática se hace protagonista. El cine luchaba contra la televisión, y el blanco y negro perdía fuerza. El monocromo se deja a un lado, y da paso a tantos colores como imaginación podemos tener.
El circo dentro de la pantalla, una invención dentro de otra, una ilusión proyectada en otra, lo no real dentro de una pantalla hacen que disfrutemos de un espectáculo visual al que Tourneur nos tiene acostumbrados. Dentro del género de aventuras una película de obligada visión.
Eider Rodriguez
viernes 9 de mayo de 2008
EL HALCÓN Y LA FLECHA
lunes 7 de abril de 2008
LÉOLO
T.O.: Léolo, Año: 1992, Director: Jean-Claude Lauzon, Guión: Jean-Claude Lauzon, Música: Richard Gregoire, Fotografía: Guy Dufaux, Reparto: Maxime Collin, Gilbert Sicotte, Ginette Reno, Julien Guiomar, Giuditta del Vecchio, Denys Arcand, Pierre Bourgault. Duración: 107
Un sueño hecho realidad
¿Cómo lo etéreo puede plasmarse en algo material? Los sueños son mejor reflejados de lo que cabría imaginar, lo inmaterial se hace visible, lo imaginado se hace realidad, los pensamientos se vuelven palabras. Un film que prácticamente es imposible de describir con una frase.
Jean-Claude Lauzon retrata la locura y degradación como nunca antes se había imaginado, llevando a cabo un ejercicio de poesía visual irrepetible. Llamado por muchos cine de autor, no sería del todo correcto, ya que pocas películas tuvo tiempo de hacer para crear un estilo tan característico como el de esta película.
Léolo es un niño que trata de escapar de la realidad en la que se ve envuelto mediante la escritura. La palabra será su única salida y el medio de expresión que utilizará para canalizar su imaginación. La locura, la incomunicación, la adolescencia, la sexualidad, la pederastia, la ninfomanía, la pobreza… son algunos de los temas que son tratados con un ritmo y elegancia mayúsculos. Mezcla la desesperación con los sueños, y lo escatológico con el humor.
La estructura lineal de la película se mantiene en muy pocas ocasiones, lo justo para que el espectador siga la historia. Un elemento que nos ayuda a encontrarnos en el relato y a seguir a uno u otro personaje es la voz en off del narrador. Aún así no es un simple elemento dentro de la simbólica y metafórica película, es un juego que Lauzon plantea al público, para que cada cual lo adapte a la interpretación que haga de la cinta.
Los saltos de espacio y tiempo son continuos: de estar con Léolo en una habitación pasamos a la más bella Italia, o al manicomio donde está toda su familia (y pronto lo estará él). Los personajes cambian de edad continuamente, sin explicación lógica, siguiendo la desbordante imaginación del niño.
El director consigue romper la distancia que hay entre la pantalla y el espectador, y meternos en la historia completamente, olvidando lo que nos rodea y dejándonos imbuir por el espíritu Léolo. Llegamos a ser parte de él, de su locura o su cordura, de la incomunicación que trata de romper mediante la escritura, del aislamiento, de la exclusión social, de la incomprensión...
Un maravilloso film lleno de novedades y recursos perfectamente utilizados, terminando con un final abrumador, el cual obligará al espectador a interpretarlo según su percepción.
¿Una película original?
Léolo puede tacharse de cinta original, sorprendente, fresca e incluso inédita. ¿Pero es justo atribuirle todos estos adjetivos? Estéticamente no podemos negárselos. Una realización impecable hace que nunca hallamos visto un film tan poético, tan lleno de vida, con unos recursos tan exquisitos.
Pero narrativamente no es un film tan original como cabría esperar. Federico Fellini en 1973 dirigió Amarcord tratando temas muy parecidos a los que Lauzon usa. Incluso un factor característico en Léolo que es la teoría que hacer de vientre es salud, en Amarcord se dice: “...mear es salud...”.
Otro film que comparte características (esta vez menos que el anterior) es Amélie de Jean-Pierre Jeunet realizada en el 2001. Amélie es una chica soñadora, pero la forma del film no es tan onírica como Léolo, es mucho más terrenal y sigue una estructura completamente lineal.
Por tanto estamos ante una película que nunca se hizo antes, y hasta el momento nadie se ha atrevido a repetir. Sólo por eso, merece la pena verla.
Eider Rodriguez
miércoles 27 de febrero de 2008
LA EVASIÓN
T.O: Le true. Director: Jacques Becker. Nacionalidad: Francia. Año: 1960. Duración: 118’. Interpretes: Michel Constantin, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier, Marc Michel.
¿Es posible que durante toda una película estés esperando expectante a que unos presos que pueden haber matado a sangre fría se escapen de la cárcel y queden inmunes? Sí, lo es. Esto es precisamente lo que consigue Jacques Becker con “La evasión”.
Todo en la película está compuesto para que el espectador se meta de lleno en la huida. No sabemos nada de los personajes, aparte de que son cuatro más uno y que están encerrados (cuatro de ellos son una piña, el quinto es el nuevo y es del que más información tenemos). La escapada empieza desde muy al principio, y además está filmada con todo detalle (cuando empiezan a hacer el agujero en la habitación vemos un plano de unos 4 minutos de duración en el que van cambiándose entre ellos para golpear y vigilar).
Por todos estos detalles, Becker consigue que el espectador se meta en la huida, se sienta parte de ella, y solo desee que los presos consigan escapar. Igualmente hace que nos sintamos furiosos cuando el quinto preso se chiva y de esa manera rompe la ilusión que los personajes y nosotros, los espectadores, nos habíamos creado.
El quinto preso, Gaspard, se hace odiar al final de la película, igual que anteriormente llega a dar lástima. Lástima porque claramente no llega a integrarse en el grupo de presos (ya que llega el último a la celda), y porque es el único que parece verse obligado a contar el porqué de su encarcelamiento. Puede que estas razones (aparte de que el director le diga que la denuncia contra él ha sido retirada y saldrá pronto), sean las causantes del chivatazo, pero de todas maneras su actitud no se ve justificada ni por sus compañeros (que aunque sin verle como a uno de ellos han confiado en él), ni tampoco por los espectadores, tan metidos en “La evasión”.
Jacques Becker consigue con esta obra maestra que los espectadores se sientan también a punto de escapar, sienten el esfuerzo de los presos, el cansancio de los presos, y por supuesto, la desilusión de los presos al sentirse traicionados.
Garazi Rodriguez
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Fugarse de una cárcel es un tema que muchos han utilizado durante toda la historia del cine. Películas sobre fugas, sobre presos, sobre cárceles en general… inundan año tras año las pantallas. Pero, ¿alguna tiene la calidad de La Evasión? Difícil pregunta, pero más complicada es la respuesta.
Basada en un hecho real, que uno de los guionistas vivió, cuenta el intento de fuga de cinco presos franceses. El film se centra en contarnos cómo preparan el escape. No sabemos nada de los personajes, tan sólo de Gaspard. Aún así poco nos cuenta de él: cómo llegó ahí. Los personajes son meros autómatas que trabajan juntos para poder escapar, pierden su psicología en favor de la fuga.
Si tenemos que decir quién es el protagonista de la cinta, podríamos apostar por la fuga. Se le dedica más tiempo a mostrar los detalles del recorrido que trazan, que a los propios personajes. La importancia de los detalles de la huida son primordiales para Becker. Sorprende como somos capaces de memorizar el camino en los subsuelos de la instalación carcelaria. Tanto detalle podría resultar aburrido, pero no es así, mantiene la tensión dramática en todo momento, haciendo que el público también sea testigo de la fuga, y quiera huir.
Aún manteniendo el mismo plano prolongadamente mientras golpean el cemento, cuando cortan el barrote… en ningún momento tenemos la sensación de lentitud, ya que el sentimiento que persiguen los personajes se hace parte del espectador: conseguir la libertad. Los personajes se fatigan mientras cavan, y el público siente la necesidad de meterse en la pantalla y ayudarles para seguir con su plan. Es curioso cómo nos identificamos con el hecho, y no con los personajes, pero en ningún momento dejamos de lado la tensión y el suspense.
En resumen es una película de detalles. Detalles traducidos en excelentes planos, impactantes diálogos y situaciones, perfecta iluminación… Detalle también el no tener música, elemento que normalmente ayuda a mantener el ritmo narrativo, pero que no se echa en falta en ningún momento. Detalle es el trato de los carceleros y los presos, al contrario de otros films con esta temática, en ésta los carceleros respetan a los internos (la escena de los fontaneros cuando roban a los reclusos).
Probablemente ahora podamos contestar con más claridad a la pregunta del principio. ¿Alguna película sobre presos tiene la calidad de La Evasión? La respuesta sería clara: Jacques Becker hizo un gran film, difícil de superar.
Eider Rodriguez
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A veces resulta difícil, hoy en día, distinguir el buen cine del cine espectacular. El punto de inflexión parece no definirse jamás en la batalla de la oferta y la demanda: ¿Qué pide el público? Espectacularidad, y eso es lo que, por tanto, recibirá. Por eso, a menudo critican que los clásicos del cine están “pasados de moda”. Y a veces tendrán razón. Pero para silenciar esas voces, está “Evasión”.
El trabajo del director de aclamadas obras como “París, bajos fondos” (1952) o la premiada en Cannes “Antoine el Antoinette” (1947) es, sencillamente, magistral. El argumento se centra en cuatro presos que comparten habitación y que planean fugarse de la cárcel. Un joven acusado de intento de asesinato entra en su celda, por lo que deben contarle su plan y, en consecuencia, contar con él. La película muestra el proceso de preparación de la huida.
El espectador acompaña a los protagonistas durante su intento de fuga, y la fuerza de la película consiste en la ausencia casi absoluta de elipsis: Es testigo de todo lo que sucede, de cada golpe en el suelo, de cómo pasa el tiempo, despacio, pero no tediosamente, casi en tiempo real, hasta sentirse totalmente inmerso, como un preso más.
Habría mucho que decir sobre esta película si se quisiera hacerle justicia. Tal vez sea la “brutal” sencillez de la puesta en escena o la gran complejidad de los perfiles de cada protagonista, de quienes sabemos poco (exceptuando al “nuevo”) la estrategia para mantener en vilo.
La mención al tratamiento de la psicología de los personajes requiere ser completada: Al final del filme, todos juzgan a Gerard (el nuevo) por hacer lo que hacen, lo consideran, en cierto modo, falto de ética o moral. Sin embargo, y aunque no se sabe el delito que ha cometido cada uno, sí que se puede decir que son de gravedad, pues todos tienen largas condenas y, sin embargo, provocan gran empatía. Por tanto, Becker introduce al espectador en una maraña de sentimientos contrapuestos, donde “el malo” tiene fuerza y principios y “el bueno” (pues finalmente la verdad sobre Gerard sale a la luz) es débil y sin de ética.
Digna de ser recordada es la escena de los fontaneros: La actuación del guarda, a favor de los presos y en detrimento de dichos fontaneros, es inesperada, y provoca un extraño sentimiento de simpatía hacia él. De nuevo, Becker juega con la ambigüedad y manipula la moral del espectador.
Es, en definitiva, una maravilla que combina el esteticismo con el realismo de un modo único y nunca repetido en este género, repleta de frescura, sencillez y dotada de una tensión tal que deja clavado en el asiento a cualquiera.
Alejandra Sarmiento
viernes 22 de febrero de 2008
MÁS PODEROSO QUE LA VIDA
T.O: Bigger than life. Director: Nicholas Ray. Nacionalidad: Estados Unidos. Año: 1957. Duración: 95’. Interpretes: James Mason, Barbara Rush, Walter Matthau. Fotografía: Joseph MacDonald. Guión: Cyril Hume, Richard Maibaum.
Nicholas Ray nos acerca a una familia, más concretamente al padre y marido que a causa de una enfermedad acaba haciéndose adicto a la droga que le han recetado. La cortisona le acabará llevando a una psicosis en la que no distinguirá el bien del mal, en la que descuidará su trabajo, odiará a su esposa y querrá matar a su hijo para liberarle de acabar siendo alguien detestable para la sociedad.
Respecto al argumento, es una película previsible, en la que cualquiera puede suponer lo que pasará a continuación. Aún así, podemos encontrar una crítica a la enseñanza de derechas, “tenemos que conseguir que los niños dejen de ser infantiles ya que eso es una enfermedad”, que se ve reflejada con frases como estas en la charla que Ed Avery da a los padres de sus alumnos. Por otro lado, nos encontramos ante una duda moral ¿qué es peor morir o vivir siendo un psicópata? La familia de Ed parece tener muy claro quererle con vida (a pesar de llegar a un punto en el que se cree superior que Dios y quiere matar a su hijo), lo cual resulta inverosímil, sobre todo desde el punto de vista de su mujer, ya que la vida de su hijo también entra en juego.
A pesar de la carencia de acciones inesperadas (que hace que la película parezca mucho más larga de lo que verdaderamente es), “Bigger than life” cuenta con una puesta en escena muy bien cuidada, en la que cabe destacar como se va plasmando el estado anímico del protagonista mediante sombras y objetos (en el baño cuando está deprimido y se mira en el espejo roto, nos da a entender que el se siente roto o dividido por dentro, o cuando está con su hijo estudiando vemos como su sombra es gigante al igual que su ego en ese momento). Cabe destacar otro ejemplo más, cuando el hijo se ve sorprendido por su padre a través del espejo. La genial iluminación (en manos de Joseph MacDonald) en tonos rojizos le da un toque a la psicosis que sufre el protagonista.
“Bigger than life”, una película que se ha quedado anticuada en valores y con un final muy poco creíble, que sale adelante gracias a la buena técnica y precisión con la que fue grabada, y en la que los detalles están cuidados al milimetro.
Garazi Rodríguez
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Si la Nouvelle Vague fue primera en muchos campos inexplorados del cine, Nicholas Ray no tiene nada que envidiarle. Pionero en tratar el tema de la adicción a las drogas, es un auténtico arquitecto del plano. Una maravillosa técnica nos acompaña durante toda la película, dejándonos boquiabiertos con los recursos que utiliza. Sin olvidar la crítica que hace a la “America profunda” llena de prejuicios.
Ed Avery es un respetado padre de familia, y un reputado profesor. Las cosas se empiezan a torcer cuando le diagnostican una rara enfermedad y la única manera de seguir haciendo una vida normal es tomar cortisona, una droga en periodo de prueba. Ed buscará recuperar su vida anterior, pero la cortisona le hará alejarse de la realidad y convertirse en un psicópata.
Una duda existencial nos persigue durante toda la película: “¿Vivir un año sufriendo o vivir más tiempo drogado?”. Gracias a esta pregunta, el director consigue que el espectador se identifique con los personajes. Lo más curioso, es que no nos identificamos con el protagonista, si no con su familia, que será victima de maltrato psicológico por parte del enfermo, queriendo incluso matarles, llegando así al clímax de la narración. Lo que para el protagonista se convierte en una adicción, para su familia es una pesadilla. Ed perderá la cabeza en más de una ocasión, y es que la euforia que la cortisona le hará sentir será su perdición.
La doble personalidad del profesor es genialmente reflejada mediante los recursos más elaborados vistos hasta entonces. Porque como bien he dicho antes, Nicholas Ray era un arquitecto del plano, y cada sentimiento de los personajes es mostrado en los elementos dentro del encuadre. Los planos tienen una fuerza espectacular. Por ejemplo, el plano en el que está dándole clase a su hijo sorprende por la utilización de la sombra. Una iluminación perfecta, nos enseña la doble cara de Ed, como si fuera el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Sin olvidar tampoco el reflejo en el espejo hecho añicos, síntoma de su destrucción psicológica y la necesidad de volver a sentir la euforia tan deseada, por tanto, la necesidad de más cortisona.
Nicholas Ray cuenta una sencilla historia de amor, que se encuentra con el problema de las drogas, todo eso aderezado con una precisión en la cámara abrumadora. Aún así el film no acaba de convencer, probablemente por el final tan precipitado. Un final inverosímil y demasiado empalagoso, que no convence, y que fue escrito mientras se rodaba. Una película con tantos atractivos y presentada como la favorita de Godard, se echa a perder en los últimos cinco minutos.
Eider Rodriguez
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Ed Avery es un esposo y padre modélico, que incluso trabaja más a espaldas de su mujer para que puedan mantener su ritmo de vida. Hace meses que se ve aquejado por unos fuertes dolores que finalmente lo llevan al hospital. Allí le diagnostican una rara enfermedad y pocas expectativas, y le ofrecen una solución: Un tratamiento con cortisona, una droga experimental. Lo que en un principio parece una recuperación maravillosa, los efectos secundarios pronto comienzan a dejarse ver y un nuevo y peligroso Ed Avery entra en escena.
El director de la exitosa “Johnny Guitar” (1954) o la conocida “Rebelde sin causa” (1955) se convirtió con esta película en uno de los primeros en abordar la temática de la droga. Asimismo trata el tema de la educación, dando mucho más crédito a los métodos didácticos sociales e integradores que a los dictatoriales y represores: Esto lo muestra claramente en la conversión paulatina del profesor Ed Avery en una especie de Mister Hyde que realiza un estremecedor discurso, ante unos escandalizados padres, sobre la necesidad de cambiar los métodos y ser más estrictos con los alumnos.
En cuanto a la factura del filme, hay dos elementos particularmente destacables: La contención y sobriedad y la fantástica fotografía. El primero de ellos se hace del todo visible con el papel del protagonista y, dicho sea de paso, también productor de esta película. En cuanto al segundo, es de agradecer que esta película sea en blanco y negro, pues el efecto de la combinación de las luces y sombras es estremecedor en escenas como la reprimenda del padre al hijo en la habitación por no hacer adecuadamente una operación.
James Mason ofrece una lección magistral de elegancia: No hay elementos exagerados en su actuación, en todo momento está “en su sitio”. Sin embargo, y aunque esta opinión chocará con la de muchos, el papel de la esposa me parece que resta credibilidad a la cinta; si bien puede destacarse la veracidad general de los personajes, las reacciones de la esposa, su aguante o el peligro al que expone a su hijo quedándose en la casa, no parecen actos humanos.
Además, y este es el fallo mayor de la película, el final carece por completo de verosimilitud y es excesivamente precipitado. Tras la tensión palpable a lo largo del planteamiento y el desarrollo, lo fácil que resultaba dar crédito a todo lo que sucedía, de pronto un final como este se podría decir que estropea lo demás, aunque hay finales para todos los gustos…
Así, cabría decir a modo de resumen que es una buena película con una gran idea de base, bien llevada e interesante, y que gustará a todo aquél interesado en las intrigas de la psique humana, pero cuyo, tal vez, mayor problema, sea el de tener un final que, para llevar el ritmo del resto del filme, debería haberse presentado de una forma mucho más atinada.
Alejandra Sarmiento
PICKPOCKET
Dirección: Robert Bresson; Guión: Robert Bresson; Producción: Agnès Delahaie; Música: Jean-Baptiste Lully; Fotografía: Léonce-Henri Burel; Reparto: Martin LaSalle, Marika Green, Dolly Scal, Pierre Leymarie, Kassagi, Pierre Étaix, César Gattegno; Año: 1959; Duración: 75 mins.
¿Nos hemos puesto alguna vez en la piel de un ladrón? Robert Bresson consigue convertir a un culpable de robo, en víctima de su propia pasión. Culpable y víctima en un mismo personaje sin expresión, en un cuerpo vacio de sentimientos hasta que conoce el amor. La perfecta combinación de técnica e ideología Jansenista hacen que sea un film paralelo a los nuevos movimientos que se extendían por Europa.
Un autista moral (Michel) nos guía por el oscuro mundo del carterismo. Si al principio era un torpe ladronzuelo, gracias al entrenamiento de su “socio”, será un astuto mangante. Más tarde, intentará ser un hombre honrado para ayudar a Jeanne, pero mientras esté en la calle será preso de su pasión: el hurto. La libertad la conseguirá en la cárcel, y se entregará al amor.
Conseguir la libertad en la cárcel, es una contradicción con la que se quiere expresar el viaje del alma. Un viaje que el espectador hace con recelo, debido al estilo abstracto del director. Es un estilo austero, diferente al que el público está acostumbrado a ver, pero a su vez, tiene grandes virtudes y precisión en cuanto a técnica se refiere.
Una de las grandes características de Bresson es la desdramatización de situaciones tan tensas como la muerte de una madre. Pero aun sumándole la falta de emociones de unos personajes estériles, la historia se convierte en un drama para el espectador, que ansía que Michel se libere de esa pasión y se tiré a los brazos de Jeanne.
Otro rasgo de este director tan singular y tan aferrado a la ideología Jansenista, es la utilización del sonido como elemento puramente dramático. No buscaba el realismo mediante el sonido, ni tampoco mediante la imagen, tan sólo inyecta pedazos de dramatismo en esta historia tan aséptica. El sonido real y la música son elementos que usa en momentos precisos y perfectamente estudiados, encogiéndole el corazón hasta al espectador más exigente.
La forma de rodar de Bresson (al igual que Dreyer, en su estilo) está perfectamente justificada con la narración. Probablemente esta historia rodada de otra manera no sería igual de verosímil de lo que es. A lo anteriormente dicho, hay que sumarle el tempo lento de todo el film. Ritmo que nos transmite la serenidad con la que el ladrón lleva a cabo su “trabajo”.
A pesar de ser una película de culto y muy recomendable, también hay que aconsejar verla en momentos de felicidad, ya que su dureza es implacable. Aun así estamos ante una maravillosa descripción de dos almas que sólo consiguen reunirse al final: “Que camino he tenido que recorrer para llegar hasta ti”. Todo ello aderezado con un estilo verdaderamente personal y genial, que hacen que el público se estremezca en ciertos momentos.
Eider Rodriguez
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“Qué camino más extraño me ha llevado hasta ti”. Con esta frase que le dice Michel a Jeanne con las rejas entre ellos dos concluye la película Pickpocket. A pesar de las rejas que separan a Michel de su amada, por fin siente que su alma es libre, cuando su cuerpo está encarcelado. Y es que en la religión cristiana (seguida por Bresson, más exactamente el jansenismo), se ve al cuerpo como la cárcel del alma. La película nos cuenta el camino que realiza el alma de Michel para llegar a ser pura y liberarse.
Michel busca un camino en la vida, su camino, y cree encontrarlo haciéndose carterista, lo cual le da emoción a su vida. Su profesión hace que la policía le persiga hasta encarcelarlo y solo en ese momento consigue liberar su alma, al sentir el cariño y el apoyo de Jeanne (una relación que parece imposible teniendo en cuenta los barrotes que los separan). Las dos almas (la de Michel y la de Jeanne), solitarias y perdidas se unen en ese momento, y Bresson nos deja claro desde el principio del film que quizá nunca se hubieran juntado de no ser por el camino elegido por Michel.
Los actores de Pickpocket eran personas de la calle que Bresson eligió para interpretar a sus personajes. Son personajes sin expresividad, están en la película como modelos que realizan las acciones necesarias para dar el mensaje que quiere el director, y dicen con palabras lo que solo con la imagen no se puede mostrar. Bresson los utiliza como meros objetos al servicio de la historia y de la forma.
Cabe resaltar que en toda la película casi no escuchamos música, lo que es una característica muy utilizada por el director. La música solo se utiliza en los momentos en los que es realmente necesaria, si no sobra, porque entorpecería el seguimiento del espectador sobre el mensaje que nos da la película.
Pickpocket es, sin duda, la gran obra maestra de Robert Bresson, dirigida con todo su estilo y sin entrar en detalles muy profundos en la historia. Pickpocket nos cuenta lo justo y necesario para entender el mensaje espiritual que Bresson quería darnos, y es por esa razón por la que brilla con luz propia.
Garazi Rodríguez
LOS SOBORNADOS

T.O: The big heat. Director: Fritz Lang. Año: 1953. Nacionalidad: Estados Unidos. Duración: 89’. Intérpretes: Glenn Ford, Gloria Grahame, Lee Marvin, Jeannette Nolan.
En una época en la que la sociedad estadounidense estaba más dividida que nunca (a favor de MacCarthy o en contra de él), y es que en Estados Unidos, muchos apoyaban la caza de brujas que llevó a cabo MacCarthy, mientras que otros muchos aún no estando de acuerdo con él, vendieron a sus colegas para salvar su buen nombre. Es decir, había gente corrupta y gente que por no estarlo acabó pagando.
Fritz Lang representó en Los Sobornados una crítica a esa sociedad corrupta. Una sociedad en la que hasta la policía está corrompida. Es también un policía precisamente la representación de los no corrompidos, al que echan del cuerpo por no estarlo. Esto y sobre todo la muerte de su mujer a mano de los líderes de la ciudad lleva a Bannion a vengarse. Su sed de venganza acabará descubriendo toda la lista de personas corruptas de la ciudad, con la ayuda de Gloria Grahame que interpreta a Debby, la guapa novia de Vince Stone (Lee Marvin), que vive y muere pensando en su belleza.
En la sociedad que nos presenta Los Sobornados hay malos, pero los buenos que hay también tienen la maldad metida en el cuerpo. Bannion, que representaría al bueno, no es tan bueno ya que lo que le mueve a desenmascarar la corrupción es la venganza, pero aún así sabemos que hay una pequeña línea que lo separa de Vince Stone o Lagana, ya que tiene la opción de matar a la señora Duncan e incluso a uno de los asesinos de su mujer (Lee Marvin), pero finalmente hay algo que lo frena. En boca de Debby ya lo escuchamos “Si la hubieras matado no habría diferencia entre Vince Stone y tú”.
Esta película de cine negro fue la gran obra maestra de Lang, no solo por la historia y los personajes que están muy definidos en Los Sobornados gracias al buen guión que les pone las palabras en sus bocas, también por la planificación de los planos (es una película muy violenta, pero a pesar de ello, la violencia casi nunca está plasmada dentro de plano, casi siempre aparece fuera de campo). Con todo ello Lang nos demostró una vez más que hace buen cine era lo suyo.
Garazi Rodriguez
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Un vaquero de cine negro
El film noir no sería lo mismo sin las películas de Fritz Lang. La caza de brujas a la que McCarthy expuso a toda la sociedad hizo que este género brotará con más fuerza que nunca. Media ciudad era perseguida y la otra mitad era delatora. La sociedad estaba corrompida, y Lang fue el primero que nos enseñó la bajeza más absoluta de la época. Bajeza de la que altos cargos eran protagonistas, al igual que muchas instituciones públicas.
El sargento Bannion (Glenn Ford) es un hombre honrado que va a investigar el suicidio de un alto cargo de la policía. Bannion no encontrará respuesta al suicidio, hasta que la amante del difunto habla con él y aparece muerta al día siguiente. Las sospechas del sargento irán en aumento, y él mismo se verá involucrado en una trama de corrupción a gran escala que acabará con la vida de su esposa. Las respuestas a todas sus preguntas aparecerán de la mano de Debby (Gloria Grahame), que le ayudará a acabar con los corruptos.
El personaje víctima de una conspiración está presente en muchas películas de Lang. En este caso la conspiración hace que el personaje sufra un trauma por la pérdida de su esposa, trauma que recuerda al que vivía Ethan Edwards (John Wayne) en “Centauros del Desierto” (aun tratándose de otro género como el westerm). El trauma de ambos personajes, marcan su psicología durante el film. La dualidad será protagonista del carácter del vaquero y del policía, la delgada línea entre bien y el mal en el oeste, y lo legal e ilegal en la ciudad, se verán traspasadas en varias ocasiones. El trauma de Bannion se convertirá en venganza e intentará tomarse la justicia por su mano, aun estando fuera del cuerpo policial.
Justicia que conseguiría matando a quien asesinó a su mujer, pero la línea que parece que va cruzar nunca será pisada por el honrado policía. Será Debby, la novia de uno de los malechores, quien dará un salto cualitativo y tras pertenecer a la banda de corruptos, pasará al lado del policía, en el cual, ella se encargará de hacer el trabajo sucio matando a la señora Duncan y destapando toda la trama. Esta femme fatale será protagonista de una famosa escena, cuando Stone le tira café hirviendo a la cara, destrozando la belleza por y para la que vivía.
La precisión, su mejor aliada. Fritz Lang es un maestro del suspense, al igual que Hitchcock. La tremenda precisión en la parte técnica que todas sus películas presentan, deja sin palabras a cualquiera que sea público de las mismas. Con cada plano nos enseña y oculta justamente lo que es necesario. Gracias a eso, mantiene el suspense durante todo el metraje, dejando al espectador sin aliento en más de una ocasión. Aún descubriendo la trama en mitad del film, consigue que nos enganchemos, y que cada vez que el protagonista está en apuros, suframos con él. Nos hace testigos de todas las andanzas de Bannion, consiguiendo una identificación absoluta con la postura vengativa e individualista del sargento.
Tan sólo hay dos aspectos que no acaban de convencer: lo previsible que resulta el guión en ciertas ocasiones (por ejemplo, cuando la mujer de Bañón muere), y el uso de muchos de los tópicos del cine negro (las corruptas instituciones, la femme fatale y el héroe que se enfrenta contra el mal a pecho descubierto pero siempre sale airoso).
Insignificantes detalles si comparamos con todas las virtudes que el film posee. Lang consigue crear una atmósfera que nos envuelve constantemente y hace que nos traslademos mentalmente a los años de la caza de brujas. Otro dato importante que no debemos obviar es la violencia que esconde este relato, violencia que muestra tan sólo al final. Durante la mayoría de la película usa elipsis o sutiles movimientos de cámara, para alejarnos del hecho violento en sí. Un claro ejemplo de esto, es cuando Stone le tira café hirviendo a Debby. Al igual que en M, el vampiro de Dusseldorf las escenas violentas las elimina no enseñándonoslas, pero sabemos que es lo que está pasando gracias al sonido.
Un film de obligada visión que no dejará indiferente a nadie que lo vea. Con un ritmo trepidante y unas grandes interpretaciones, todo ello perfectamente combinado con la más exquisita técnica y forma a la hora de expresar con la cámara.
Eider Rodriguez
viernes 25 de enero de 2008
AL FINAL DE LA ESCAPADA
Director: Jean-Luc Godard; Guión: Jean-Luc Godard sobre un argumento de François Truffaut; Fotografía: Raoul Coutard; Música: Martial Solal (y W.A. Mozart); Montaje: Cécile Décugis; Sonido: Jacques Maumont; Producción: Georges de Beauregard; Reparto: Jean-Paul Belmondo (Michel Poiccard, alias Laszlo Kovacs), Jean Seberg (Patricia Franchini), Daniel Boulanger (Inspector Vital), Henri-Jacques Huet (Antonio Berrutti), Claude Mansart, Michel Favre, Jean-Pierre Melville, Jean Domarchi, Richard Balducci, Roger Hanin, Van Doude,André-S. Labarthe, François Mourel, Liliane Robin, Jean-Luc Godard. Año: 1959.
“¿Qué significa asquerosa?”, una última pregunta llena de dramatismo cierra esta maravillosa ópera prima de la Nouvelle Vague. A través de esta frase intuimos la incomunicación entre los personajes, que se contrapone con diálogos casuales y verborreicos, llenos y vacíos de significado a su vez. El miedo a querer y las ansias de escapar con la persona amada, luchan durante todo el film, acabando con la muerte más amarga, y también dulce, jamás imaginada.
Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo) es un ladrón de coches de poca monta que se dirige a París en busca de Patricia (Jean Seberg) y de un dinero que le deben, para llevárselos a Roma. Tras robar un coche, de camino a París, matará a un agente de tráfico. Escapar de la orden de busca y captura, las dudas de Patricia y la imposibilidad de encontrar el dinero, se vuelven los principales problemas de Michel. Todos estos ingredientes están perfectamente aliñados con suspense, traición y una última persecución, que harán sufrir al público más exigente. Si bien el guión es un punto a favor de esta película, qué decir de la técnica.
Es por todos sabido, que la Nouvelle Vague rompió de forma espectacular con el sistema de representación institucional, que hasta entonces el cine americano había impuesto. El cine pasó de ser un frívolo espectáculo de masas, a una sutil obra de arte. Se empezaban a reflejar las miserias de la sociedad después de la II. Guerra Mundial (el Neorrealismo Italiano), y a introducir la vida cotidiana en la narración. Así Godard dijo: "Yo improviso, sin duda, pero con materiales que poseo desde hace tiempo. Durante años se reúnen cantidades de cosas y de pronto se las introduce en lo que se está haciendo".
Esta película de cine negro es completamente diferente a las de la época, debido al modo en el que está rodada. El montaje, fragmentado y frenético, le dan una frescura e intriga importantísima. Los planos recursos están llenos de simbolismo y dramatismo, no son simples planos estáticos de objetos sin vida. La cámara en mano se convierte en un elemento básico, tanto siguiendo a los personajes, como persiguiéndolos. La cámara somos nosotros: quienes perseguimos al personaje, a quien nos mira fijamente, los testigos de una sentida historia de amor que no cuajará y acabará con la muerte.
París es retratada de una manera impersonal. Es una París sin Torre Eiffel, con Los Campos Eliseos incompletos y en planos cerrados. Un guiño al cine americano que Godard no quiso desaprovechar, americanizando una ciudad tan Europea como lo es la capital francesa.
Las grandes cualidades mencionadas, son solo pequeños detalles de una magnífica película, que no deja indiferente a nadie. Sobre todo en ese angustioso final, en el que todos odiamos a Patricia, la respiración se corta intentando darle el último aliento a Michel para que pueda escapar. Una escapada que es frustrada por las dudas de la chica, que realmente ¿está enamorada de Michel? Las dudas de Patricia acaban siendo las dudas de los propios espectadores.
Eider Rodriguez
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“Yo hablaba de mí y tú, de ti, debería haber hablado de ti y tú de mí” le dice Michel a Patricia justo después de enterarse de que ésta le ha entregado a la policia. À bout de soufflé no es solo una historia policíaca, también es la historia de amor que viven Jean Seberg y Jean Paul Belmondo mientras él es perseguido constantemente por la policía.
Aparte de la persecución, les une y les separa la incomunicación. La incomunicación que tienen los dos con el resto del mundo les une (él está siempre de aquí para allá, pero solo le interesan las noticias de su círculo, y ella a pesar de ser periodista no acaba de encontrar su sitio en un mundo en el que “no sabe si está triste porque no es libre, o no es libre porque está triste”). Pero la misma incomunicación que los une, también los separa, mientras ella habla de literatura, él habla de sexo, cuando él habla mucho ella no comprende todas sus palabras y además como ya he citado al principio, Michel habla de sí mismo, y Patricia de sí misma.
Todo esto les lleva a que incluso al final de su relación (cuando Michel está en el suelo y muere) la incomprensión entre ambos sigue ahí. Patricia no llorará la muerte de Michel, se limitará a preguntar qué significa lo ñultimo que él le dice (asquerosa). Y es que es ella quién le entrega a la policía para demostrarse a sí misma que no le quiere y para que él huya. Pero él no huye y ella le persigue por la carretera hasta que cae muerta en ese travelling que sigue a Belmondo por detrás y a Seberg por delante.
El montaje (que surgió así casualmente porque la película duraba mucho), lleno de cortes, saltos de raccord y del eje, le da mucha vida a esta historia que aunque tiene un argumento simple nos cautiva con sus dialogos, su forma y todos los pequeños homenajes que le dedica al cine: Bogart, monograms pictures, Jean-Pierre Melvilla que es el escritor que entrevista Patricia, el cual nos da una pista sobre lo que nos cuenta la película cuando dice “La vida moderna separa cada vez más al hombre y a la mujer”, incluso Godard se nos muestra delante de la cámara interpretando al hombre que delata a Michel.
À bout de soufflé, una película de cine negro, donde el malo es también el bueno, la buena es también la mala, y que a pesar de los años que han pasado sigue impresionando ver que Godard consiguió (con la colaboración de sus compañeros de Cahiers du cinema) hacer una película inmortal a todos los tiempos.
Garazi Rodríguez
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Belmondo interpreta a un ladronzuelo, admirador de Bogart, que roba un coche, tras lo cual mata fortuitamente al policía que lo persigue, por lo que huye hacia París. Una vez allí, y tras robar dinero a una “amiga”, acude al encuentro de Patricia, una joven americana de la que está enamorado. La historia gira en torno a estos dos personajes y a la persecución a la que Michel (Belmondo) es sometido.
Nos encontramos ante el filme considerado no como el primero, aunque sí el pilar, en el despertar de la corriente “Nouvelle Bague”, de la cual Godart sería uno de los máximos representantes. Es este hecho precisamente el que me lleva a considerar como positiva la novedosa experiencia por el “descuidado cuidado” con el que fue rodada, aunque como película, como unidad, y no como inicio, tenga menos valor.
Así, aunque no estemos ante una obra maestra, esta película aporta un punto de vista metanarrativo: Godart, a través de sus curiosos personajes, imitadores conscientemente baratos del cine negro, trata de mostrar en la pantalla los trucos, las características esenciales y nuevas de la nueva corriente.
Con un ritmo trepidante, acentuado por la ruptura de los raccords, Godart, ofrece, como ya he mencionado, las pautas esenciales de esta corriente francesa: Tal vez el ejemplo más claro sea el uso de la cámara en mano, totalmente novedoso por entonces, o el uso de interiores y exteriores naturales, lo que, entre otras cosas, abarataba mucho los costes de producción.
Recordada y valorada es la escena final en la que perseguimos a Michel (Belmondo) mediante un largo y agonizante travelling en mano, así como también son destacables los planos-secuencia que aportan el toque de continuidad en contraste con la ruptura de la misma en el resto del filme.
Como ya he adelantado, no creo que se pueda considerar una gran película ni por factura, ni por su argumento (aunque la elección de Jean Seberg como la actriz protagonista, que con su belleza y carisma “se come” la pantalla, es un gran punto a favor). Este filme provoca a menudo contrastadas opiniones, ya que mientras muchos ven más allá del mismo, en tiempo y repercusión, otros consideran que está sobrevalorada y que la “Nouvelle Vague” ofreció obras muchísimo mejores: Probablemente, o seguramente, ambos argumentos sean acertados o, lo que es más, complementarios.
De modo que, como conclusión, decir que Godart creó una de las películas más emblemáticas de su carrera y la más significativa de la “Nouvelle Vague”, no por su calidad, sino por su novedad, su manera de rodar y lo que significó.
Alejandra Sarmiento

