
Nacionalidad: Rusia, Año: 1925
Dirección: Eisenstein, S.M., Producción: Bliokh, J., Guión: Agadzhanova, N., Eisenstein, S.M., Fotografía: Tisse, E., Montaje: Eisenstein, S.M., Música: Meisel, E., Krinkov, N., Reparto: Antonov, A., Barskij. V., Aleksandrov, G., Bobrov, I., Gomorov, M., Levshin A., Vitoldi, B., Eisenstein, J.
La película hace referencia a hechos históricos ocurridos en 1905 en torno al puerto de Odessa. El zar reprimió violentamente el ímpetu revolucionario. Lo menos importante es que los acontecimientos narrados correspondan o no a lo estrictamente acontecido. Se trata de "crear" una nueva realidad que rememore, signifique, ilumine y sea testigo de aquellos días. La película se estrenó en 1925 tras el triunfo de la revolución, como testimonio, justificación moral y política de la sublevación popular y del nuevo régimen que ésta traería consigo. Homenaje al fragor de los nuevos tiempos de los que esta película es una llama que aún alumbra. El poder del cine en el imaginario comunista no pudo ser más efectivo. Estamos realmente ante una historia conmovedora, desbordante de realismo y pregnancia, pero más allá del mero instrumento ideológico. En tal caso, nos quedaríamos en efímero y sensiblero panfleto populista o como mínimo, en lectura superficial de esta obra maestra.
En principio cabe destacar la estructura en cinco capítulos en los que sentido y significado cristalizan progresivamente a medida que se desarrolla la narración. Así el cuajo de dolor consciente, el padecimiento (pathos), una suerte de destino trágico se desarrolla envolviendo, solicitando la complicidad del espectador. Pero para lograrlo y ser a la vez la obra de arte que es, son necesarias gran número de virtudes estéticas: la hermosa delicadeza de la fotografía, el perfecto encuadre de los planos o el realismo dramático de los personajes, rotundamente individualizados en su complejidad, en sus almas atormentadas y asomadas al abismo de lo tozudamente humano, en sus rostros, testigos intemporales de las huellas del tiempo-historia en los hombres. Miradas y gestos inolvidables. La cámara, los actores, los exteriores, suponen un meticuloso y concienzudo trabajo de precisión que consigue tocar en ocasiones el cielo de la belleza poética (épica y lírica).
Ética y estética se dan armoniosamente la mano en "El acorazado Potemkim": la lucha de unos hombres por lo que creían justo, verdadero, es puesto en escena sangrante y delicadamente, consiguiendo que hasta las secuencias más violentas y terribles estén cargadas de un aura de esperanza, de justicia, de una belleza innombrable, sólo intuida, presagiada, cuyas huellas pueden ser las miradas heróicas a veces, horrorizadas y perdidas otras, atormentadas otras tantas pero siempre elocuentes. La música insufla la vitalidad última y decisiva para que figure de modo intemporal entre los clásicos de todos los tiempos. Regula de forma determinante, necesaria cada una de las secuencias, atemperando, sublimando, destacando, acariciando lo que nuestros ojos ven.
Sería un tremendo error ver la película desde un presente "ingenuo", seguro de su situación privilegiada casi un siglo después y tras la caída del comunismo histórico. Nos colocaríamos en un museo decimonónico, en una aséptica y estéril relación sujeto-objeto, impidiendo así que la obra nos siga hablando: el sentido de las grandes obras nunca está clausurado como tampoco previamente dado, de una vez por todas. Sólo espera ser escuchado, o más bien construido desde su decir por quien esté dispuesto a dejarse contar algo, incluso a ser modificado por este decir. Hay como poco un par de razones para ello. La primera es el absurdo de considerar la historia como un progreso en compartimentos estancos, cerrados, con hechos ya acaecidos de una vez por todas, sin efectos en nuestro presente. Si los hechos ocurridos en la revolución popular no hubiesen tenido lugar, quién sabe cuál sería ahora nuestro mundo, bajo qué supuestos políticos pensaríamos; es decir, si conseguimos entrever algo del presente es consecuencia del pasado efectivamente ocurrido, en ocasiones quizá nos muestre qué hacer o qué no hacer.
La segunda, más estrictamente cinematográfica nos dice que, aun obviando el contexto histórico de la película, contamos con unos hechos intemporalmente humanos, que reclaman nuestra atención: injusticia, sacrificio, dolor, perplejidad, anhelos, amor. Y es que la narración de los hechos de los hombres, reales o mitológicos son el trazado de nuestra propia historia, tal y como sucede desde Homero...
José María Hernández Sáenz